ANTONIO ZEROLO HERRERA

(1854-1923)

Nació en Arrecife de Lanzarote, en 1854. Murió en la ciudad de la Laguna en 1.923. A los catorce años publicó su primera poesía, dedicada a Cervantes. Sus versos tuvieron una gran acogida en las revistas de España y América y ésa fue la iniciación, el punto de partida del poeta hacia la popularidad, la admiración y el respeto de que luego supo rodearse, renovando incesantemente su espíritu y su genio con la más acabadas y exquisitas produciones por las que obtuvo varios premios.Entre su obras poéticas destacan Prim en los Castillejos, El trabajo, Excelsior,La cueva del Rey Bencomo, Al Valle, El Amor y Canto al Conquistador.

Colaboró asiduamente en la "Revista de Canarias", fundada y dirigida por su hermano don Elías; en "La Ilustración", "Aguere", "Museo Canario", "Las Novedades", "Memorandum", "Diario de Tenerife", fundado por su gran amigo Patricio Estévanez, y otros muchos periódicos de la Península, América y Canarias.

Desde los 22 años fue auxiliar de letras en el Instituto de la Laguna. Su labor fecunda , copiosa, modelo de sacrificio y de generosidad, dejó allí tan profunda y grata huella, que, como premio a su talento y sus desvelos se le nombró catedrático por oposición en el Instituto Jovellanos de Gijón, su marcha fue un día de duelo en la ciudad de La Laguna. En Gijón permaneció unos siete años. De regreso a Tenerife desempeñó nuevamente la Cátedra de Lengua y Literatura castellanas, en la que era un verdadero maestro de maestros

Antonio Zerolo recoge los últimos destellos del romanticismo canario, y entra, luego de lleno en el postromanticismo. Dotado de un gran talento y de vasta cultura, y de exquisita sensibilidad, llegó a ser uno de los poetas más admirados de Canarias. La influencia de Nicolás Estevánez y de José Zorrilla, de quien nunca pudo olvidarse, se advierte en su obra. Poeta encendedido de la tierra, aprende su regionalismo poético de Nicolás Estevánez, que dejó en sus contemporáneos el ideario lírico del isleñismo.

A continuación hacemos un pequeño resumen de la poesía del gran hombre de letras y poeta que fue Antonio Zerolo.

En Canto a la conquista Zerolo se expresa así sobre la raza aborigen:

¡Los guanches! ¡Oh, cuan dura fue la suerte
de aquella estirpe generosa y brava,
progenie heroica do el candor se advierte,
que antes quiso morir que ser esclava!...
Mas no deseo al lamentar su muerte,
de extintos odios remover la lava;
que si de raza conquistada vengo,
de la conquistadora sangre tengo.

 

En otro lugar de la misma obra canta:

¡ Islas, que conquistar a España plugo
cuando le fue benigna la fortuna,
y sacudiendo el ominoso yugo,
de Granada arrojó la Media Luna,
seguid honrando al Caballero Lugo
y a los varones de que fuisteis cuna;
ya que para los pechos bien nacidos
no existen vencedores ni vencidos.

La cueva del Rey Bencomo constituye una de las piezas fundamentales de la poesía regionalista canaria.

LA CUEVA DEL REY BENCOMO

¿ Fue sugestión del medio o fantasía...?
Yo meditaba en la profunda cueva
Que fue palacio de Bencomo un día,
Y a donde el culto a la región me lleva,
Todo en silencio y soledad yacía;
Cuando de súbito en la entrada oscura
se alzó, poniendo mi valor a prueba,
hermosa y mayestática figura.
Luenga la barba, grave el continente,
La mirada expresiva, ancha la frente,
De iguales miembros y épica estatura,
acusaba su recia contextura
El vigor de una raza prepotente.
Miróme, y avanzando lentamente,
Exclamó, con acento de amarguara;
"Rey sin vasallos, como un alma en pena
Recorro la comaraca que fue mía.
Caudillo de una hueste al dolo ajena,
Su gloria compartí, su muerte lloro,
Y, recordando la marcial escena,
me parece que siento todavía
Vibrar dentro de mí, claro y sonoro,
El ronco son, la bélica armonía
Del caracol, que el eco repetía
En los campos de "Aguere" y "Taoro"...
Tremendo el choque fue; quedo la tierra
en sangre de ambos pueblos empapada;
Mas si pienso en la sangre derramada
Una duda a mi espíritu aferra;
Si es de paz y de amor prenda sagrada,
¿Por qué si n miedo al verla profanada
Ponen aquellos hijos de la guerra
una cruz en el puño de la espada?...
¡Ay, Lugo, mi rival afortunado
Me hablaba de riqueza y de honores
Que con pródiga mano me ofrecía;
De convertirme, de abjurar errores,
Dejar las armas y vender mi estado;
Después me amenazó con los horrores
de una guera implacable. Ël no lo sabía
Que los que nacen de la estirpe mía
¡No pueden ser esclavos ni traidores!
¡El progreso!... ¡La Luz!... venga en buen hora,
Si no ha de arrebatarnos los hogares
En donde vimos la primarea aurora.
La patria es una roca de los mares
coronada de bosques seculares,
Pletóricos de sabía creadora.
¡Qué bella estaba, oculta en el misterio
Aun del idilio bajo el dulce imperio!
Guardábanla de fiera cometida,
Como se guarda a la mujer querida,
las dos inmensidades de la Natura;
Arriba, el Teide, eterno vigilante,
Y abajo, el rumoroso mar de Atlante
Que arrullaba sus sueños de ventura...
Salían de sus vírgenes entrañas,
Murmuradores, frescos manantiales,
Discurriendo entre juncos y espadañas,
Y en la grietas de los riscos y montañas
Crecían esos dragos colosales
De puntas tan agudas cual puñales,
prontos a defender nuestras cabañas.
En el aire salutífero y sereno
Bañábase de gozo estremecida,
Y árboles, frutos, su fecundo seno
Brotaba sin cesar, que estaba lleno
De misteriosa gestación de vida.
Era una bendición el campo ameno;
Una orgía de aromas y colores,
Una explosión de luz, notas y flores,
¡La tierra en paraíso convertida!
Madre común, de gérmenes henchida,
Siempre nos dió como alimento sano
la rubia harina del tostado grano
Y el zumo de mocán como bebida.
Presidía las magnas asambleas
La ancianidad en los consejos ducha;
Y los mozos, tras rústicas tareas,
Ensayaban su fuerzas giganteas
En el noble ejercicio de la lucha.
¡Sanas costumbres, tiempos patriarcales,
Fiestas de goces puros!... Como un sueño
Todo pasó. De cuadro tan risueño
Ni siquiera quedaron la señales.
¡El Progreso!... ¡La Luz!... Siempre ese grito
La humanidad enardecida lanza,
y cuanto más en su carrera avanza
siente más sed. ¡La sed de lo infinito!
La dicha mora en un ricón del mundo;
No es la felidad la humana ciencia;
Sólo estriba en la paz de la conciencia...

Ser bueno más que ser profundo.
¿Y en que parte del orbe lograría
Satisfacer su aspiración el alma
Como aquí donde todo es poesía,
Soledad, placidez, dulzura y calma?...
Y ganaron las armas españolas,
Apacibles, recónditos lugares
Do se escuchan, mezclándose a porfía,
El susurro del viento en los pinares
Y el rumor en las playas, de las olas.
Allí teje la selva enmarañada
Su inextricable red de gibalbera;
Impenetrable a trechos y cerrada
Al ruido mundanal, como si fuera
El asilo de alguna "harimaguada".
Y el templo es donde la sombra impera
Y lo grandioso al corazón domina.
¡Cómo vibra al llegar la primavera,
Órgano de una música divina!...
Y cómo en vez de incienso, por doquiera
Despide de su verde cabellera
El acre y sano olor a la resina.
Nudosos troncos, firmes, altaneros,
se mofan de los siglos; sus raíces
De tal modo prendieron en la tierra,
buscando de la vida los veneros,
Que testigos de tiempos más felices,
Y con las tempestades siempre en guerra,
Se yerguen en el llano y en la sierra
Llenos de venerables cicatrices.
¡Hayas, tilos, viñátigos, laureles,
Árboles de robusta corpulencia,
Gigantes de los nívaros vergeles,
¡También tenían ¡ay! los guanches fieles
Las raíces aquí de su existencia!
¿Por qué causa o razón que no adivino
Convierten si es el bien nuestro destino
En mar de sangre y lágrimas la historia?
¡El hombre hambriento de fortuna y gloria
Va sembrando la muere en su camino
En su carro triunfal, todo lo aplasta
La ambición, esa especie de locura.
¡Cuándo saldrá de la celeste altura
Una voz qe le diga "¡basta!" "¡basta"!...
¡Oh, sombra de mis muertos! ¡Oh, Tinguaro!
¡Oh, Sigoñe, Jaineto, y Beneharo!
¿Podré nombrar a todos?... ¡Imposible!
¡Eran tantos, Señor!... ¿Cómo impasible
Ves caer a los buenos sin amparo?...
Aún el recuerdo torcedor me acosa
Del trágico momento de mi vida,
Después de la catástrofe espantosa,
Cuando quedó Nivaria al yugo uncida,
¡sin más delito ¡ay! que ser hermosa!
¡Nivaria! ¡Mi Nivaria! Yo heredero
Del gran "Tinerfe" en tí soy extranjero,
Yo el mencey de "Arautápala" vencido,
A extasiarme mirándote he venido.
¡No hay dolor más cruel según infiero
Que la nostalgia del bien perdido!
Los bienaventurados en tí moran;
Así lo dicen los que nada ignoran
Pues bien: ¿No sabes lo que trae el viento?
¡Es el ay, el gemido, es el lamento
del alma de los guanches que te lloran!
Surgistes entre estragos y entre horrores
Del fondo inexplorable del abismo.
¿Cómo si eres volcán produces flores?...
¡Si has de vivir cambiando de señores,
Pide al cielo un segundo cataclismo!...
Tu espléndida hermosura ha de perderte
Que acecha sigilosa la codicia,
Insaciable que mueve al hombre
Y se llama el dercho del más fuerte.
Luché como un león en su caverna
Mientras pudo mi brazo defenderte;
Con mi sangre sellé mi amor bendito;
¡Pero ha quedado el alma que es eterna,
Inmortal como Dios, y necesito
Toda su eternidad para quererte!
Sin cetro, sin corona, dspojado
De mi único tesoro que es tu suelo,
yo no soy sino espectro ensangrentado
Que vuelve a hundirse en el sepulcro helado,
¡Adios, Nivaria, y que te ampare el cielo!
.......................................................................
Lo que ví, lo que oí, fue desvarío?...
Fantasma que engendró la mente loca?...
Por mi cuerpo corrió un escalofrío...
¡pero es peor reconocer, Dios mío,
Que la verdad brotaba de su boca.
.

 

En el poema Al valle de la Orotava Zerolo canta así:

Por todas partes vistas sorprendentes,
abruptas rocas, frondas de verdura,
canto de aves y rumor de fuentes,
la augusta soledad de la espesura,
la calma de lo prados bien olientes,
de los barrancos la garganta obscura,
y coronado por la cruz bendita
el tosco campanario de la ermita.

 

En este poema se hallan estos versos:

El agrio corte de la tierra hendida
donde un río de lava serpentea.

 

Está aquí también esa nota sobre el Teide:

¡Oh, Teide, pedestal del infnito,
que desgarras la nube con tu cima,
libro de piedra donde Dios ha escrito
cuanto al viajero intrépido sublima,
monstruo, cuyas entrañas de granito
respiración intermitente anima;
Tu, que eres de ese Valle el noble escudo,
al romper mi canción, yo te saludo.

 

La composición predilecta del autor era Simbolo:

SÍMBOLO
Atended que va de cuento:
Refiere la tradición,
que cuando el ronco cañón
zumbaba, y el firmamento
y la tierra estremecía,
en la sangrienta jornada
en que dejó demostrada
Santa Cruz su bizarría
en la tapia del convento
que el inglés quiso asaltar
un canario sin cesar
daba sus trinos al viento.
Estaba a la luz del sol
orgulloso el pajarillo
de ostentar el amarillo
del estandarte español;
y cuanto más acudía
la muchedumbre en tropel,
más se desataba él
en torrentes de armonía.
mientras tanto, oyendo el ruido,
con amorosos anhelos,
la madre, po los polluelos
velaba dentro del nido.
Fue aquel un día de gloria
en lucha contra Inglaterra,
los que cayeron en tierra
revivieron en la historia.
Tenía que suceder...
Una bala de fusil
hizo al pájaro gentil
para siempre enmudecer.
¡Tinto en sangre, cara al sol,
aquel rey de los cantores
mostraba los dos colores
del estandarte español!
¿ Y el nido?... No sé en verdad
lo que fue del pobre nido.
Sólo sé cuan atrevido
luchó por la libertad
el pájaro de mi cuento.
¡Tal vez lo hijos quedaron
y la victoria cantaron
en la tapias del convento!

 

Una de las mejores poesías de Antonio Zerolo es A Jesucristo:

A JESUCRISTO

Trémulo el labio, el corazón henchido
de la fe de mis padres heredada,
voy a cantar tu nombre bendecido,
y acercarme a la fuente en que ha bebido
Juan de la Cruz su inspiración sagrada .

Una efusión del alma, un sentimiento
que lo más hondo de mi ser palpita,
presta a mi musa sonoroso acento,
que llega a Tí como oración bendita
en las alas de luz del pensamiento.

¡Señor!... ¡Señor!... Yo sé que es ruido vano
el mundanal aplauso, humo de gloria,
polvo de laurel que ciñe el hombre ufano
en sueños de ambición, hábil gusano
que va tejiendo el hilo de la historia...

Sé que abarcar no puedo tu grandeza,
ni sujetar a métrica medida
el himno de magnífica belleza
que entona en tu loor naturaleza,
con notas de su gama no aprendida.

¿Quién osa altivo remontar el vuelo
hasta la excelsa cumbre en donde moras?
¡Cuánto más alto les parezca el cielo,
más deben, llenas de ferviente anhelo,
prosternarse las almas pecadoras!

Mas, ¿cómo sofocar la ardiente pira
que el espíritu abraza?... Crece y cunde
su fuego creador, la mente inspira,
y vibrando en la cuerdas de la lira
rápido por las venas se difunde.

¡Cantad! No tiene el Arte otro destino
si no quiere yacer en la impotencia
y recorrer a ciegas su camino,
que ascender de lo humano a lo divino
en la escala ideal de la creeencia!

Culto, Señor, te rinden desde el día
en que la luz hiriendo los profundos
senos del caos, trajo la armonía;
¡La música acordada de los mundos
que arrobado Pitágoras sentía!

¡Tú eres Dios!... De tu aliento soberano
¡Cuánta señal el universo encierra!...
Y basta un sólo signo de tu mano
si quieres agotar el Océano,
o sus aguas volcar sobre la tierra.

¡Tú eres Dios!... La conciencia te proclama;
El corazón con su amoroso grito
ardiendo en ansias sin cesar te llama;
¡Esta sed insaciable del que ama,
es la revelación de lo infinito!

Tú eres el mártir que con sangre crea
Y de espinas punzantes se corona;
El humilde Jesús de Galilea;
¡El que en el Sinaí relampaguea,
y en la cumbre del Gólgota perdona!

La piedad para todos, la ternura
inagotable, el único consuelo
de la desventurada criatura,
que tiene aquí su cáliz de amargura,
¡porque sólo el dolor conduce al Cielo!

En las viejas Capillas, sacros nidos
de dulce paz y devoción sincera,
en los altares por la fé ergidos,
¡Estás con los dos brazos extendidos
para abrazar la Humanidad entera!

Lívido, yerto, de la cruz pendiente,
abierta en el costado la honda herida,
doblada al peso del dolor la frente,
muestras como victima inocente
¡a los tristes vencidos de la vida!

En medio de esta crisis pavorosa,
en que la sociedad desalentada,
camina envuelta en noche tenebrosa,
llevando como sierpe venenosa
la duda al corazon siempre enroscada;

¡Ay! en este hervidero de pasiones,
de implacable rencor, de odios eternos,
de vicios, liviandales y ambiciones,
en que bullen y triunfan los histriones
y sucumben los Sócrates modernos;

los que entre tanta culpa y error tanto
sienten del bien la inspiración divina,
no ven, heridos de mortal quebranto,
otro r
efugio que el madero santo
en que sellaste tu inmortal doctrina.

De allí brotan acentos paternales
que acallan el fragor de la pelea;
Valor, no son eternos vuestros males;
arriba, en las alturas celestiales,
¡el sol de la justicia centellea!

Así también cuando en la edad pasada
los imperiales Césares se alzaron
a dominar la tierra amedrentada,
y de cristianos la infeliz manada
en un circo a las fieras arrojaron.

Cuando Nerón la púrpura vestía
y los instintos de la plebe inquieta
con "panem et circenses" divertía,
y frente a Roma que cual Troya ardía,
cantaba sus delirios de poeta;

Cuando el anfiteatro retemblaba
cediendo bajo tanta pesadumbre,
y el vaho de la sangre trastornaba,
y el rugir de los tigres se mezclaba
al rumor de la loca muchedumbre;

Indiferente a la espantosa escena,
escuchaba tu voz que manda al trueno
hermosa virgen , débil azucena,
¡Qué impávida avanzaba por la arena,
la túnica ceñida al casto seno!

Todo pasó: los juegos inhumanos,
el poder de las águilas latinas
las fiestas de los ídolos romanos,
y quedan, para ejemplos de tiranos,
¡la Cruz en pie y el Coliseo en ruinas!

El satánico orgullo del protervo
el rayo nada más o el hierro doma;
pronto de la virtud el llanto acerbo,
vengó en el déspota el puñal del siervo,
la espada de los bárbaros en Roma.

¿Todo pasó! Los dioses han caído.
Como semilla de vigor fecundo
tu ley en las conciencias ha prendido...
¡Siendo tan vasto el mundo conocido,
es ya para tu Grey estrecho el mundo!

¡Senor, miro tu obra consumada,
y al meditar en ella solitario
mi razón se confunde y anonada!...
¿Qué es más gande? ¿sacarnos de la nada,
ó redimirnos luego en el Calvario?...

A tu infinito amor no era bastante
e la playas tender al mar sonoro
que fiero brama o gime sollozante,
y suspender como un rubí gigante
en la bóveda azul un sol de oro.

Y bajaste a sufrir... ¡Qué bien advierte
tu cruento martirio de Judea,
que no hay conquista duradera y fuerte
que no tenga raíces en la muerte,
ese Tabor sublime de la idea!

¡Aún padecerás!... Viendo al impío
sordo a tu queja, ingrato a tus favores,
como una estatua imcompasible y frío
seguirás en el cielo, Padre mío
apurando la hiel de los dolores.

-¿Quién te niega, Señor?... Atomo leve,
sombra que desaparece apenas nace,
¿ pues qué es la vida sino un sueño breve?...
¡Y en soberbia contra Tí se atreve!
"¡Perdónalo, no sabe lo que hace!"...

No va tras un fantástico espejismo
el alma del creyente que te implora;
Tú existes. Tú no engañas... ¡Luzbel mismo
si se acuerda del cielo, también llora
en la negras entrañas del abismo!

¡Providencia del mundo, no , no has muerto!
¡En la ascensión al ideal, tú eres
quien traza co el dedo rumbo cierto
de la existencias humanas en el desierto
a la gran caravana de los seres!

Brillan los soles, y en la limpia esfera
giran sobre sus ejes de diamante,
desplegando la roja cabellera;
lanzados en elíptica carrera
ceden de la atracción al lazo amante.

Y obedeciendo a fuerzas prodigiosas
que no puede medir la fantasia
y presiden la vida de las cosas,
¡Millones más allá de nebulosas
pueblan de mundos la región vacía!

¡Qué espectáculo! ¡Oh, Dios!... ¡Qué inenarrables
maravillas, que el ánimo suspenden!...
¡Qué pruebas de tu ser incontrastables!...
¡Cuánta magnificencia!... ¡Qué inefables
misterios que los hombres no comprenden!...

De tu pasión escribes el poema,
y con la carga del pecado ajeno,
en un arranque de bondad suprema,
¡Tú, que tienes los astros por diadema,
te abrazas a la Cruz del Nazareno!

Guerreros mil, de cascos deslumbrantes
que la oprimida tierra ha soportado,
reyes que casi dioses fueron antes,
sobre un montón de miembros palpitantes
su efímeras glorias han fundado.

Más tú, bendito Dios, manso Cordero,
¡Deja que el llanto a mi mejilla afluya
recordando tu trance postrimero!
No tuviste más armas que un madero
¡ni vertiste más samgre que la tuya!

¡Ah! no merece el hombre que se vierta
y cuando el último suspiro exhalas,
sólo la pobre golondrina acierta,
y limpia con la plumas de sus alas
¡tu sien de sangre y de sudor cubierta!

¡Señor, no puedo más!... No soy de roca....
Ante el trágico horror del sacrificio
se hielan las palabras en mi boca:
¡Ten en cuenta el dolor que a mí me toca
cuando me llames a tu Santo Juicio!...

Así fue esta musa de D. Antonio Zerolo Herrera, hombre de letras y de cátedra, cuyo recuerdo aún vive entre nosotros.